петък, 13 февруари 2026 г.

Нашата библиотека: Dámaris Romero-González "Eso no estaba en mi libro de Historia de la antigua Grecia"

 Илияна Бенина, Никола Бенин



Prólogo

Si la escritura nació con la intención de servir de memoria para el

pensamiento y la palabra oral, al tiempo, algún adjetivo, alguna descripción

y el cierto tono con el que se pronunciara quedaron irremediablemente

perdidos. Este carácter bifronte y contradictorio de la escritura es una

constante a lo largo de la cultura en lengua griega sobre el que filósofos y

pensadores reflexionaron desde los inicios de cuanto se nos ha transmitido.

El delicioso pasaje de Platón, Fedro, 274c-279c, es un buen ejemplo de

este conflicto y recelo hacia la letra escrita por defecto. Como en otras

ocasiones, el filósofo ateniense recurre al mito para concluir el tratado,

puesto en boca de Sócrates y dirigido a su interlocutor, cuyo nombre da

título a la obra. Sócrates remonta su historia al legendario Egipto y a una

divinidad que poco se diferencia del heleno Prometeo, Theuth, quien

descubrió el número, el cálculo, geometría, astronomía y, curiosamente, el

juego de damas y de dados — quizá para Platón todas estas materias no

eran más que puro entretenimiento para los humanos, un juego para

divertirse a la sombra de un plátano con los amigos—. La última de las

artes que Theuth descubrió fue exactamente la letra. Tan prodigioso

descubrimiento no podía quedar únicamente en sus manos, pues entendía

que sus beneficios serían infinitos para el ser humano, por lo que se dirigió

al rey de la Tebas egipcia, Thamus, a quien le expuso la conveniencia de

que todos los nuevos saberes fueran aprendidos por sus súbditos. Así,

Theuth, según Fedro , fue explicando las virtudes de cada arte, hasta llegar

a la escritura. Sobre ésta dijo que se trataba de un mnémes te gár kaí sofías

fármakon, es decir, «fármaco de la memoria y la sabiduría». El rey de Tebas

de ningún modo entendió que se tratara de una medicina —una de las

acepciones del término heleno fármakon— , sino de un veneno, puesto que,

en su opinión, al descuidar la memoria y fiándose del escrito, el individuo

no alcanzaría la sabiduría desde su interior, sino desde el exterior,

adquiriendo simplemente una apariencia de conocimiento. ¿Por qué? Entre

otras razones, porque a las palabras escritas, que son definidas como mero

«recordatorio», no se les puede preguntar, interpelar ni discutir con ellas, lo

que genera un aprendizaje inconcluso. Es, por tanto, preferible para

Sócrates «escribir con ciencia en el alma del que aprende», dando lugar a

un discurso lleno de vida, el cual ya tiene capacidad de defenderse a sí

mismo y sabe con quiénes hablar y con quiénes no.

Siendo esto así para el traspaso de conocimientos, ¿qué lugar ocupan los

libros de texto? En consecuencia, se les puede considerar recordatorios

inconclusos y defectuosos, una visión sesgada que, en aras de transmitir un

mensaje claro dejan desperdigados por el camino las preguntas que el

estudiante tiene en su mente.

El exceso es igualmente atribuible a muchos de los volúmenes escritos,

conclusión que puede argumentarse con uno de los ejemplos más hilarantes

en el ámbito de las clásicas. La Realencyclopädie der classischen

Altertumswissenschaft o Pauly-Wissowa se trata de una publicación decana

para el clasicista. A lo largo de sus ochenta y tres volúmenes en la versión

alemana (1980) o a través de la más reciente Brill’s New Pauly:

Encyclopaedia of the Ancient World (2006) investigadores y público en

general han tenido y tienen acceso al amplísimo conocimiento de la

antigüedad grecolatina desde un punto de vista profundo, siendo

prácticamente de obligada consulta antes de iniciar la investigación sobre

cualquier tema. ¿Cuál es su exceso, en esta ocasión? Sin que el caso

suponga una merma de la enorme e innegable utilidad del Pauly-Wissowa,

no obstante, el humor de uno de sus redactores dio lugar a una buena

anécdota. Se incluyó en la primera columna de la página 895 el lema

Apopudobalia , definido como «deporte antiguo, posiblemente una forma

temprana del fútbol moderno». ¿Fútbol?, ¿en Grecia? Al decir del

investigador así fue y, de hecho, se veía en disposición de argumentarlo

siguiendo los cánones filológicos, a través de oscuras obras fragmentarias.

De este modo, el tratado Gymnastika de Aquiles Táctico (fr. 3) databa un

primer partido en torno al siglo V a. C. en la ciudad de Corinto durante la

ocupación. Posteriormente, una obra pseudo-ciceroniana, De viris

Illustribus (3,2), atestiguaría la presencia de apopudobalontes, «jugadores

de fútbol», en Roma. A continuación, a través de las legiones romanas

habría entrado en Gran Bretaña, de cuyo germen nacería finalmente el

fútbol moderno. Una última noticia daba el giro definitivo del chiste: según

la inexistente obra de Tertuliano De spectaculis , dada la enorme

popularidad del deporte, también se desarrolló durante el cristianismo

primitivo. La perplejidad al leer el lema es absoluta y es difícil aguantar la

sonrisa ante una broma tan bien construida. En este contexto, imagino al

concienzudo investigador comentando entre risas con sus colegas

posibilidades como ¿de qué equipo sería aficionado Aristóteles, Estagira o

Atenas?, ¿llegó a enfrentarse en un torneo de Navidad la Academia contra

el Perípato? A pesar de lo sugerente de estas preguntas, evidentemente no se

trataba más que de un monumental chiste inserto en la mayor y mejor

enciclopedia de la antigüedad clásica.

Así las cosas y advirtiendo que los libros pueden errar por defecto,

como explicaba Sócrates, o por exceso, como atestigua el lema

apopudobalía, su valor, a pesar de las posibles críticas es innegable,

sirviendo de relatores y jueces de un pasado no vivido, pero que el

individuo puede reconstruir en su imaginación para construir ese discurso

que mencionaba Platón que pueda defenderse por sí mismo. Eso no estaba

en mi libro de historia de la antigua Grecia trata de rellenar los huecos que

los libros de texto pudieron dejar durante el estudio de las materias, sin

olvidar el aforismo délfico méden ágan o «nada en exceso».

Cabe destacar el incansable trabajo de la autora, Dámaris Romero, en lo

que vendría a denominarse cultura clásica o vida privada griegas, durante

las últimas dos décadas. Ella se ha interesado en los huecos que la

historiografía tenían para reconstruir el mosaico completo de la antigüedad

clásica y postclásica, a lo cual ha dedicado sus esfuerzos, especialmente a

través de tres líneas de investigación: la lingüística y semántica helenas, la

cultura imperial de la mano de Plutarco y la figura de la mujer en Grecia.

Eso no estaba en mi libro de historia de la antigua Grecia es, en definitiva,

una buena muestra de la ingente producción científica de Dámaris Romero,

que, con toda seguridad, el lector sabrá atesorar.

En efecto, a lo largo de sus páginas, que recopilan investigaciones

previamente publicadas en las más prestigiosas editoriales del área, se

demuestra que lo heleno es mucho más de lo que cuentan los libros de

texto. El lector, de una manera ágil y cómoda, tiene en sus manos una

completa reconstrucción de los hechos a través de sus fuentes. Desde este

punto de vista, el trabajo de Dámaris Romero es de una competencia

filológica impecable, analizando testimonios, comentarios, relacionándolos

con la bibliografía más moderna y extrayendo conclusiones científicas

interesantes. Con todo, esta restauración de las sombras, que todavía

pueblan la antigüedad griega, salen a la luz mostrando el dibujo completo a

lo largo y ancho de los más diversos temas: sueños, fantasmas, nacimientos

y muertes extraordinarias, oráculos, monstruos y mujeres. Así se recompone

tesela a tesela lo que podríamos calificar de mosaico completo de la cultura

popular helena.


Israel Muñoz Gallarte

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