Илияна Бенина, Никола Бенин
Prólogo
Si la escritura nació con la intención de servir de memoria para el
pensamiento y la palabra oral, al tiempo, algún adjetivo, alguna descripción
y el cierto tono con el que se pronunciara quedaron irremediablemente
perdidos. Este carácter bifronte y contradictorio de la escritura es una
constante a lo largo de la cultura en lengua griega sobre el que filósofos y
pensadores reflexionaron desde los inicios de cuanto se nos ha transmitido.
El delicioso pasaje de Platón, Fedro, 274c-279c, es un buen ejemplo de
este conflicto y recelo hacia la letra escrita por defecto. Como en otras
ocasiones, el filósofo ateniense recurre al mito para concluir el tratado,
puesto en boca de Sócrates y dirigido a su interlocutor, cuyo nombre da
título a la obra. Sócrates remonta su historia al legendario Egipto y a una
divinidad que poco se diferencia del heleno Prometeo, Theuth, quien
descubrió el número, el cálculo, geometría, astronomía y, curiosamente, el
juego de damas y de dados — quizá para Platón todas estas materias no
eran más que puro entretenimiento para los humanos, un juego para
divertirse a la sombra de un plátano con los amigos—. La última de las
artes que Theuth descubrió fue exactamente la letra. Tan prodigioso
descubrimiento no podía quedar únicamente en sus manos, pues entendía
que sus beneficios serían infinitos para el ser humano, por lo que se dirigió
al rey de la Tebas egipcia, Thamus, a quien le expuso la conveniencia de
que todos los nuevos saberes fueran aprendidos por sus súbditos. Así,
Theuth, según Fedro , fue explicando las virtudes de cada arte, hasta llegar
a la escritura. Sobre ésta dijo que se trataba de un mnémes te gár kaí sofías
fármakon, es decir, «fármaco de la memoria y la sabiduría». El rey de Tebas
de ningún modo entendió que se tratara de una medicina —una de las
acepciones del término heleno fármakon— , sino de un veneno, puesto que,
en su opinión, al descuidar la memoria y fiándose del escrito, el individuo
no alcanzaría la sabiduría desde su interior, sino desde el exterior,
adquiriendo simplemente una apariencia de conocimiento. ¿Por qué? Entre
otras razones, porque a las palabras escritas, que son definidas como mero
«recordatorio», no se les puede preguntar, interpelar ni discutir con ellas, lo
que genera un aprendizaje inconcluso. Es, por tanto, preferible para
Sócrates «escribir con ciencia en el alma del que aprende», dando lugar a
un discurso lleno de vida, el cual ya tiene capacidad de defenderse a sí
mismo y sabe con quiénes hablar y con quiénes no.
Siendo esto así para el traspaso de conocimientos, ¿qué lugar ocupan los
libros de texto? En consecuencia, se les puede considerar recordatorios
inconclusos y defectuosos, una visión sesgada que, en aras de transmitir un
mensaje claro dejan desperdigados por el camino las preguntas que el
estudiante tiene en su mente.
El exceso es igualmente atribuible a muchos de los volúmenes escritos,
conclusión que puede argumentarse con uno de los ejemplos más hilarantes
en el ámbito de las clásicas. La Realencyclopädie der classischen
Altertumswissenschaft o Pauly-Wissowa se trata de una publicación decana
para el clasicista. A lo largo de sus ochenta y tres volúmenes en la versión
alemana (1980) o a través de la más reciente Brill’s New Pauly:
Encyclopaedia of the Ancient World (2006) investigadores y público en
general han tenido y tienen acceso al amplísimo conocimiento de la
antigüedad grecolatina desde un punto de vista profundo, siendo
prácticamente de obligada consulta antes de iniciar la investigación sobre
cualquier tema. ¿Cuál es su exceso, en esta ocasión? Sin que el caso
suponga una merma de la enorme e innegable utilidad del Pauly-Wissowa,
no obstante, el humor de uno de sus redactores dio lugar a una buena
anécdota. Se incluyó en la primera columna de la página 895 el lema
Apopudobalia , definido como «deporte antiguo, posiblemente una forma
temprana del fútbol moderno». ¿Fútbol?, ¿en Grecia? Al decir del
investigador así fue y, de hecho, se veía en disposición de argumentarlo
siguiendo los cánones filológicos, a través de oscuras obras fragmentarias.
De este modo, el tratado Gymnastika de Aquiles Táctico (fr. 3) databa un
primer partido en torno al siglo V a. C. en la ciudad de Corinto durante la
ocupación. Posteriormente, una obra pseudo-ciceroniana, De viris
Illustribus (3,2), atestiguaría la presencia de apopudobalontes, «jugadores
de fútbol», en Roma. A continuación, a través de las legiones romanas
habría entrado en Gran Bretaña, de cuyo germen nacería finalmente el
fútbol moderno. Una última noticia daba el giro definitivo del chiste: según
la inexistente obra de Tertuliano De spectaculis , dada la enorme
popularidad del deporte, también se desarrolló durante el cristianismo
primitivo. La perplejidad al leer el lema es absoluta y es difícil aguantar la
sonrisa ante una broma tan bien construida. En este contexto, imagino al
concienzudo investigador comentando entre risas con sus colegas
posibilidades como ¿de qué equipo sería aficionado Aristóteles, Estagira o
Atenas?, ¿llegó a enfrentarse en un torneo de Navidad la Academia contra
el Perípato? A pesar de lo sugerente de estas preguntas, evidentemente no se
trataba más que de un monumental chiste inserto en la mayor y mejor
enciclopedia de la antigüedad clásica.
Así las cosas y advirtiendo que los libros pueden errar por defecto,
como explicaba Sócrates, o por exceso, como atestigua el lema
apopudobalía, su valor, a pesar de las posibles críticas es innegable,
sirviendo de relatores y jueces de un pasado no vivido, pero que el
individuo puede reconstruir en su imaginación para construir ese discurso
que mencionaba Platón que pueda defenderse por sí mismo. Eso no estaba
en mi libro de historia de la antigua Grecia trata de rellenar los huecos que
los libros de texto pudieron dejar durante el estudio de las materias, sin
olvidar el aforismo délfico méden ágan o «nada en exceso».
Cabe destacar el incansable trabajo de la autora, Dámaris Romero, en lo
que vendría a denominarse cultura clásica o vida privada griegas, durante
las últimas dos décadas. Ella se ha interesado en los huecos que la
historiografía tenían para reconstruir el mosaico completo de la antigüedad
clásica y postclásica, a lo cual ha dedicado sus esfuerzos, especialmente a
través de tres líneas de investigación: la lingüística y semántica helenas, la
cultura imperial de la mano de Plutarco y la figura de la mujer en Grecia.
Eso no estaba en mi libro de historia de la antigua Grecia es, en definitiva,
una buena muestra de la ingente producción científica de Dámaris Romero,
que, con toda seguridad, el lector sabrá atesorar.
En efecto, a lo largo de sus páginas, que recopilan investigaciones
previamente publicadas en las más prestigiosas editoriales del área, se
demuestra que lo heleno es mucho más de lo que cuentan los libros de
texto. El lector, de una manera ágil y cómoda, tiene en sus manos una
completa reconstrucción de los hechos a través de sus fuentes. Desde este
punto de vista, el trabajo de Dámaris Romero es de una competencia
filológica impecable, analizando testimonios, comentarios, relacionándolos
con la bibliografía más moderna y extrayendo conclusiones científicas
interesantes. Con todo, esta restauración de las sombras, que todavía
pueblan la antigüedad griega, salen a la luz mostrando el dibujo completo a
lo largo y ancho de los más diversos temas: sueños, fantasmas, nacimientos
y muertes extraordinarias, oráculos, monstruos y mujeres. Así se recompone
tesela a tesela lo que podríamos calificar de mosaico completo de la cultura
popular helena.
Israel Muñoz Gallarte
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